Momentos extraordinarios en la vida

Uno no siempre tiene la oportunidad de vivir momentos extraordinarios en su vida. A veces los vamos buscando intensamente y no los encontramos jamás y, otras veces simplemente ocurren cuando menos te lo esperas, o quizás no sea sólo el azar…

Uno de esos momentos me ocurrió hace unos meses. Era mi cuarto viaje a Kenya y mi primero a Tanzania. Iba de Safari una vez más pero algo era diferente, quizás la compañía, quizás la fecha, quizás mi actitud o tal vez todas estas circunstancias a la vez. Yo reconozco que no soy una compañía fácil para un Safari. Desde el momento en que me subo al coche mi único objetivo es disfrutar del paisaje y de todos y cada uno de los animales que tengo la oportunidad de ver. Me molesta perder el tiempo en conversaciones que en ese momento no me parecen importantes y no soporto encontrarme con otro coche en el que no se respetan las reglas que para mi son innegociables: el silencio y no molestar a los animales en su quehacer, teniendo siempre presente que nosotros somos los invitados y debemos comportarnos como tales.

En esta tesitura, este último viaje era ya diferente porque viajábamos solos Patxi y yo con nuestro guía y nuestro conductor por los parques de Tanzania en esta ocasión. El viaje ya comenzó de forma especial por ¨Ray” (nuestro guía) y por nuestro conductor “Swai” (su padre), y probablemente una de las personas que más saben de la vida animal en Africa. En ninguna de nuestras salidas perdíamos la confianza y siempre estábamos convencidos de que íbamos a disfrutar de momentos increíbles, y así sucedía cada día sin excepción, pero ninguno de nosotros estaba preparado ni se imaginaba lo que íbamos a vivir una mañana a mitad de nuestro Safari en Tanzania.

Yo adoro a todos los animales, pero siento una debilidad especial por los Guepardos ( Duma en Swahili), y tanto Ray como su padre lo sabían y cada día intentábamos descubrir alguna silueta entre la hierba que nos los mostrara. Esa mañana dejábamos un lodge en uno de los Parques para dirigirnos a otro, pero antes de iniciar nuestra nueva ruta, ellos decidieron dar una última vuelta por los alrededores del río que, en esos días y a pesar de encontrarnos en época de lluvias, estaba prácticamente seco. Y así con nuestra ilusión y confianza diaria iniciamos el recorrido. Cuando llevábamos apenas unos minutos Ray ordenó parar el coche y cogió los prismáticos. Todos miramos en la dirección que él estaba señalando pero no veíamos nada. De repente su cara cambió y le dijo a su padre dónde teníamos que dirigirnos. Nosotros le preguntábamos qué era lo que había visto, pero él no quería decírnoslo y al ver su emoción el corazón empezó a acelerárseme preguntándome si sería un Guepardo. Cuando Swai dirigió el coche lentamente hacia el punto indicado, poco a poco en la distancia íbamos divisando la silueta de una mamá guepardo con dos cachorros en la orilla del río y a la sombra de unos arbustos.

Yo me quedé sin habla pidiendo sólo que no se fueran y nos permitieran verlos unos momentos. Nos acercamos lentamente hasta apenas unos metros de distancia sin que se oyera otro ruido que el del motor suavemente. Swai paró el coche y lo que ocurrió a continuación jamás podré olvidarlo. Ellos estaban tumbados juntos y cuando el motor cesó se volvieron a mirarnos sin levantarse. La mamá nos observó atentamente y nosotros los contemplábamos conteniendo la respiración. Tras unos segundos volvió la cabeza , dejo de mirarnos y simplemente se relajó. Parecía que nos aceptaba y nos daba permiso para estar junto a ellos. Los dos cachorros continuaban observándonos curiosos, cuando de repente, uno de ellos se levantó y se dirigió decidido hacia nuestro coche. Se detuvo junto a la puerta del conductor y a continuación se dirigió hacia los faros delanteros del cuatro por cuatro y se subió a mordisquear el forro de los mismos. Por un momento pareció que iba a subirse al capó y, ante el apunte de Swai de que si estuviéramos sentados quizás lo hiciera, los tres nos sentamos inmediatamente en absoluto silencio. Solo se oían los “clicks” de las cámaras tomando fotos cuando la emoción del momento lo permitía, porque estábamos como hipnotizados contemplando la escena. Podíamos ver su cabeza por encima del capó, era precioso…Sus fantásticos ojos naranja, sus lágrimas negras, sus manchas, su piel de cachorro, sus bigotes, su mirada… El tiempo transcurría sin que nos diéramos cuenta. Cuando se cansó de morder los faros decidió tumbarse debajo del coche a la sombra, luego se puso a jugar con una piedra como si fuese un gatito (que en realidad es lo que es), y llamó la atención de su hermano que se apuntó al juego junto al coche. Mientras tanto, la mamá los observaba y nos observaba con absoluta calma y nosotros pudimos disfrutar de sus juegos, saltos, caricias, miradas y su increíble compañía durante casi una hora y media y “absolutamente solos”.

Pasado ese tiempo y como el calor empezaba a apretar, la mamá decidió que era hora de cambiar de ubicación. Se levantó, los miró y comenzó a alejarse lentamente de nosotros seguida por ellos.

Les dijimos adiós con la mirada hasta que los perdimos en la maleza, con lagrimas en los ojos y el agradecimiento infinito por permitirnos compartir con ellos esos momentos, que estoy convencida, fueron fruto de nuestro respeto y cariño hacia ellos.

Aquí os muestro alguno de esos momentos mágicos.

Que disfrutéis.

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Cuando una imagen lo dice todo.

En los desplazamientos entre los parques y en las paradas entre ellos, tendréis la oportunidad de observar la vida en las aldeas y pueblos por los que transcurre vuestro Safari.

Así, mientras llenamos el depósito del coche o compramos caramelos para los niños, yo siempre aprovecho para observar el día a día de las personas con las que nos cruzamos.

En esto estaba (mientras los demás andaban ocupados), mirando en una dirección, cuando al volver la vista me encontré con la imagen mas impactante que he visto en mis cuatro viajes, y no creo que pueda expresar con palabras lo que sentí. No caminaba, se deslizaba como flotando, su cuerpo era una linea recta perfecta; sólo podía verle los ojos porque todo él estaba cubierto con una manta y sin embargo percibía su magnetismo.

Me quedé mirándolo fijamente sin poder evitarlo. Era la silueta mas elegante y magnífica que he visto en mi vida. Pasó frente a donde yo estaba y siguió su camino. Sólo entonces, cuando él ya no podía verme, me atreví a tomarle la foto.

Cada vez que la miro recuerdo el momento y no puedo evitar emocionarme y, aunque él no lo sepa nunca, yo siempre le recordaré.

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Los pequeños tambien son importantes.

Ya os he contado que en mis Safaris disfruto con todos los animales que tengo la oportunidad de ver, no sólo con los más buscados. Sólo hay que prestar un poco de atención y La Naturaleza te responde siempre de manera extraordinaria.

Conduciendo al atardecer uno de los días junto al lecho del río en el Serengeti, oímos en nuestra dirección los gritos insistentes de una Avefría Coronada desde el suelo. Gritaba y se movía de un lado a otro sin parar. Alertados por su actitud redujimos la marcha para intentar averiguar el motivo de su extraño comportamiento. Antes de llegar a su altura Swai (nuestro experto conductor), nos comentó que quizás tuviera cerca su nido y estaba intentando protegerlo de las ruedas de nuestro cuatro por cuatro.

Expectantes, agudizamos la vista sin conseguir ver nada excepto sus nerviosos movimientos. Lentamente nos acercamos a ella observando que poco a poco sus gritos iban cesando y sus movimientos también, y cuando detuvimos nuestro coche a su lado nos quedamos sin palabras ante lo que teníamos frente a nosotros: dos diminutos polluelos que apenas se distinguían de la arena del camino y cuyas vidas habíamos salvado entre todos, porque si os fijáis bien en las fotos podréis observar junto a ellos las huellas de otros coches que por allí habían pasado. Si no hubiésemos prestado atención a su comportamiento (cosa bastante habitual ya que normalmente son aves muy ruidosas), podríamos haber pasado por encima sin ni siquiera saber lo que allí ocurría.

Y como siempre, La Naturaleza nos devolvió con creces nuestro cuidado. Los minutos que emocionados disfrutamos de la escena de los tres, dieron paso un poco después a otro encuentro increíble que pocos han podido disfrutar en sus Safaris y que os contaré en otro momento.

Puede parecer exagerado, pero siempre que nos hemos tomado tiempo para disfrutar de lo que vemos con respeto y admiración, hemos recibido un premio después. Siempre.

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Sonrisas inolvidables.

Seguro que si eres un viajero de los míos lo descubrirás por ti mismo, pero si acaso llevas  demasiada prisa en tus desplazamientos de Parque en Parque, te lo menciono ahora porque sin ello tu viaje estará incompleto y te habrás perdido otro de los momentos mágicos de un Safari. Sólo necesitas: unos minutos, unas bolsas de caramelos y bolígrafos (que puedes comprar en cualquier pueblo por los que pasas), y un gesto amable y respetuoso. Lo que podrás vivir con estos sencillos y baratos ingredientes, no se explica en los itinerarios de los Safaris, pero no por ello es menos gratificante. Se me olvidaba un requisito imprescindible: no dormirse en los desplazamientos, de lo contrario te lo perderás.

Si estás atento a la carretera, tendrás muchas oportunidades de observar a los niños que cuidan al ganado en las aldeas entre los parques. Todos te mirarán al pasar, si les saludas te contestarán y los más pequeños además extenderán su mano pidiéndote algo, (para ellos los turistas son sinónimo de muchas cosas de las que carecen). Entonces, sólo tienes que parar el coche, ofrecerles en swahili los caramelos “Pipi”, y de repente verás aparecer niños corriendo desde todas las direcciones para recibirlos, y las sonrisas que te brindarán cuando se los entregues en la mano (Nunca, repito, nunca se los lances desde el coche), serán las mas preciosas que habrás recibido en mucho tiempo y,  bajo las indicaciones de tu guía para no ofenderlos, podrás hacer algunas fotos que te recordarán que esos momentos han sido realidad.

Yo los llevo guardados en mi corazón desde mi primer Safari y siempre me emocionan. A veces no puedes ver en un viaje todos los animales que esperas (esa es la aventura del Safari) pero, si quieres, siempre podrás vivir estos momentos mágicos.

Ojalá los disfrutes como yo!

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Lo prometido es deuda.

Cuando os hablé de la mamá Avefría Coronada y sus polluelos, os comenté que tras disfrutar de su compañía y dejarlos sanos y salvos, al menos por ese día, tuvimos la suerte de ver algo que nunca antes habíamos visto en ninguno de nuestros Safaris.

Dejábamos el lecho del río donde ellos estaban, y nos dirigiamos de vuelta al lodge dando por finalizado el Safari. La luz era escasa a esa hora de la tarde y nos estábamos preparando para disfrutar de un nuevo atardecer cuando, de repente, algo se movió frente a nuestro coche. Fue muy rápido, pero el tiempo suficiente para gritar: un “Caracal”. Todos miramos en la dirección en que había desaparecido tras la maleza, sin creer lo que habíamos visto, y dudando de nuestro acierto por lo raro del encuentro. Pero cuando lentamente nos acercamos al lugar, en un pequeño hueco, junto a un seto estaba tumbado intentando pasar desapercibido, un precioso Caracal.  Era la primera vez en mi vida que veía uno de cerca y todos nos quedamos observándolo sabiendo lo increíble del momento. Incluso para Ray, nuestro guía, fue algo nuevo.

Nos permitió disfrutar de su compañía un par de minutos y luego, lentamente desapareció tras la maleza como había aparecido, dejándonos absolutamente emocionados. Todos comentamos la suerte que habíamos tenido de pasar por ese lugar en ese preciso momento. Unos segundos antes o después no habríamos visto nada, y todos nos miramos y sonreímos sabiendo que la suerte hay que buscarla y ganársela, y ese día nosotros nos la habíamos ganado.

Estas dos fotos que os muestro, aunque no muy buenas por la escasa luz, son suficientes para apreciarlo y recordar el momento.

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Cediendo el paso.

Al iniciar este último Safari, la “Migración Anual” desde  Tanzania hacia Masai Mara en Kenya estaba comenzando, pero dado que aún era pronto no buscábamos especialmente el encuentro con las manadas de Ñus y Cebras.

Habíamos tenido algún encuentro ocasional con las primeros grupos en las inmensas praderas del centro del Parque, pero cuando nos dirigíamos hacia el Norte en dirección a nuestro siguiente lodge, sucedió de nuevo algo que no sólo nos dejó sin habla, sino que nos cortó el paso en nuestro camino.

De repente, al salir de una curva, nos encontramos en medio de una enorme manada de Ñus que cruzaba y ocupaba la carretera. Eran miles, iban en grupos unos guiando a los otros, y en apenas unos segundos nuestro coche estuvo totalmente rodeado. Sólo se oían sus llamadas y el sonido de sus pisadas en el camino. La escena era increíble, miraras donde miraras solo veías filas y filas de ellos. Adultos, pequeños de apenas unos pocos meses que caminaban junto a sus madres, jovencitos curiosos que correteaban de un lado a otro…

Al principio evitaban acercarse al coche, pero cuando observaron nuestro silencio y quietud (imposible decir nada ante semejante espectáculo), se paraban junto a nosotros, nos miraban unos segundos, y continuaban su camino. Venían desde todas las direcciones y las laderas de la montaña estaban llenas de manchas negras en movimiento.

Había visto muchas veces los documentales de National Geographic sobre la Migración, pero encontrarnos dentro de ella es algo que no se puede explicar. En esos momentos sólo puedes sentir la fuerza de La Naturaleza en todo su esplendor y dar gracias por tener la oportunidad de vivirlo.

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La belleza hecha animal.

A estas alturas todos sabéis que mi animal favorito es el Guepardo (Duma en Swahili), pero he de reconocer que la belleza del Leopardo (Chui) es innegable y si tienes la suerte de encontrar uno que te permita verlo de cerca,  aprovecha cada segundo que tengas porque es un regalo de La Naturaleza.

En otros Safaris he tenido la suerte de poder verlos pero, o estaban lejos,  o caminando semi-ocultos por la sabana, lo que no me permitió disfrutarlos en todo su esplendor. En esta ocasión en cambio, tanto en Tanzania como en Kenya, he podido verlos de cerca y os puedo asegurar que no podía apartar mis ojos de ellos. En todas las ocasiones, y fueron varias pese a lo difícil que resulta, estaban sobre la rama de un árbol descansando a la sombra porque el calor empezaba ya a apretar.

Como siempre, cuando se trata de los más difíciles de avistar, fue Ray, nuestro guía, quién descubrió al primero, a lo lejos, cuando paseábamos una mañana por el Serengeti. Todos íbamos mirando por las ventanillas con la esperanza de encontrar alguno cuando Ray mandó parar el coche mientras señalaba una acacia a lo lejos. Todos miramos hacia allí sin ver nada, pero él insistió, así que Swai dirigió el coche hacia ella. A medida que nos acercábamos seguíamos preguntándonos qué había visto Ray, hasta que nos señaló una rama entre las demás donde según él estaba oculto.

Cuando estábamos cerca, no lo podíamos creer. ¿Cómo lo había podido descubrir desde tan lejos? Sólo su dedicación y profundo conocimiento podían hacerlo.

Lo contemplamos unos minutos y luego le dejamos que siguiera descansando tranquilo mientras nos alejábamos emocionados por el fantástico comienzo del día sin saber que, apenas unos minutos mas tarde, íbamos a tener una nueva oportunidad de estar junto a otro  y en esta ocasión, además, disfrutando de sus movimientos como si de un equilibrista se tratara. Simulaba ignorarnos sabiéndose a salvo en su rama y hasta cuando estaba echado podías percibir su fuerza y su elegancia. Si te olvidas de todo lo demás y eres capaz de valorar la inmensa suerte que tienes en ese momento de estar frente a él, es imposible no emocionarte ante su belleza y su majestuosidad.

Como una imagen vale mas que mil palabras, espero que con estas podáis disfrutar,  y ojalá tengáis al menos una oportunidad en la vida de poder contemplarlo.

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Una siesta feliz.

Las familias de Elefantes con las que te encuentras a menudo en los Safaris pueden parecer similares, pero si les prestas la atención que estos magníficos animales merecen, puedes compartir con ellos escenas realmente entrañables. En este último Safari hemos disfrutado con ellos de algunas que tampoco había tenido la oportunidad de compartir hasta ahora.

Nos encontrábamos en esta ocasión en Tarangire (Tanzania), un destino fantástico si quieres disfrutar de cientos de clases de aves y de los Baobabs más grandes y preciosos  que yo haya visto, sin renunciar al resto de los animales. Estábamos paseando por el Parque cuando nos encontramos con una pequeña familia junto al camino. Eran unas madres con sus pequeños de diferentes edades. Tenían el cuerpo rojizo por el color de la tierra con que se bañan, y estaban descansando tranquilamente junto a un Baobab, salvo una de ellas que se había quedado rezagada con dos pequeñines. Uno de ellos estaba tan cansado que se tumbó a los pies de su madre, mientras el otro, mas jovencito aún, le daba empujones con su trompa para que se levantara a jugar con él. Lo intentó varias veces, pero viendo que no lo iba a conseguir, decidió acompañarlo y se echó a su lado apoyando la cabeza sobre el lomo de su hermano. Su madre permaneció inmóvil  pacientemente junto a ellos, mientras los dos se echaban felizmente la siesta, sabiendo que nada podría ocurrirles junto a ella.

Daba gusto contemplarlos, y la paz que transmitían hacía que resultase difícil decirles adiós. Los acompañamos unos minutos mas y lentamente nos alejamos, procurando hacer el menor ruido posible para no interrumpirlos en su apacible descanso.

!!!Hablad bajito o los despertareis!!!

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