Conscientes de su progresiva extinción a manos del hombre, y con la nostalgia del tiempo en el que pudimos contemplarlas, en este último Safari,  intentamos encontrar las Grandes Manadas de Elefantes. No fue posible, y me temo que ya nunca lo será. Ahora, los grupos que puedes encontrar reflejan lo que el hombre (su único enemigo), está haciendo con este increíble y magnífico animal.

Pese a esto, los encuentros con los grupos de hembras y sus pequeños, son siempre fascinantes y, verte rodeada por ellos en mitad de la sabana, con el único sonido de sus pasos, de la hierba o de las ramas de las acacias al ser arrancadas con su trompa, y con los pequeños imitándolas para aprender, te trasladan a un tiempo y a un lugar, en el que las prisas no tienen cabida y sentir es lo único importante.

Cada momento con ellos es mágico. Pero en este Safari, nuestro último encuentro, jamás lo olvidaremos. Los vimos a lo lejos, y como siempre, esperamos en el camino en la confianza de que al acercarse, cruzaran junto a nosotros. Apagamos el motor del coche y en silencio los vimos aproximarse. No eran muchos: ocho madres con sus crías de diferentes tamaños, incluida una pequeñita que, como siempre, nos emociona encontrar por lo frágil y graciosa que resulta, y el mimo con el que todas las hembras cuidan de ella.

Todo transcurría como siempre: nosotros en silencio y ellos acercándose lentamente. Una a una fueron cruzando el camino con sus pequeños. Todas, excepto la que parecía la matriarca que acompañada de otra más joven, se detuvieron a unos metros de nosotros y nos miraron atentamente. Sorprendidos por su comportamiento, algo nos hizo prestar aún, mas atención. Les habría molestado algo y se estaban enfadando? No lo parecía, porque nada en su comportamiento hacia presagiarlo, pero algo era diferente. Decidimos continuar inmóviles, aunque Ray tenía la mano preparada en la marcha del coche por si teníamos que salir deprisa. De repente, reinicio su camino pero, no para cruzar por delante como el resto, sino en dirección a nuestro costado izquierdo del coche. Yo, que siempre permanezco levantada porque puedo contemplarlos mejor, me senté y bajé la cámara. Qué estaba pasando? Se acercó hasta que su cuerpo casi tocó el coche y su cabeza estaba a escasos centímetros de la de Patxi, que ocupaba el asiento delantero, y como siempre, todos con las ventanillas bajadas.

Venciendo la tensión del momento, conscientes de que no debíamos movernos, y en la confianza de que no podíamos habernos equivocado, observamos la escena que estaba a punto de ocurrir. Nos miró, levantó su trompa y comenzó a posarla suavemente sobre el capó del coche. Trocito a trocito lo fue recorriendo, olfateándolo como si pudiera identificarlo. Nosotros, atónitos, la contemplábamos sin poder creer lo que estábamos viendo. Cuando terminó de recorrerlo, bajó su trompa, nos volvió a mirar, y lentamente fue hacia la parte delantera. Cruzó el camino, en dirección al resto del grupo, y suavemente se fueron alejando.

Atrás dejaron a tres amigos en shock. Cuando la emoción nos permitió hablar, las palabras no eran necesarias. Permanecimos unos minutos en silencio mientras ellos se perdían entre la maleza y nosotros, poco a poco, regresábamos al lodge.

Que los elefantes tienen memoria, lo sabemos todos. Que, cuando encuentran restos de uno de los suyos, los olfatean, acarician, y permanecen unos minutos junto a ellos, lo habíamos presenciado unos días antes. Pero, que olfatearan nuestro coche de aquella manera, qué explicación tenía? Sólo una acudió a nuestro pensamiento: que pudieran reconocer por el olor, si el coche era amigo o enemigo, es decir, que tuviera restos de pólvora de los rifles que utilizan los furtivos para aniquilarlos, o no. Ninguna otra.

Sólo me atreví a tomar una foto del momento, y cuando la veo, se que no fue un sueño y que: CARA A CARA Y CON LAS MANOS LIMPIAS, este magnifico animal nos regaló su compañía y el respeto que nosotros siempre le ofrecemos. ! Ojalá todos hiciéramos lo mismo ¡